Historias de los Padres

La resurrección del Señor desde el misterio de la misericordia de Dios

Llamas, J.M.

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La resurrección del Señor es interpretada por muchos Padres de la Iglesia como culmen del misterio de la gran misericordia de Dios (en referencia a 1 Tim. 3,16). Hilario de Poitiersda mucha importancia a toda la encarnación como expresión de este misterio: la asunción de la naturaleza humana, de la forma de esclavo (a partir del himno de Flp. 2,6-11), cargando todo lo que somos, nuestra carne, incluidas las debilidades, con el horizonte de nuestra salvación, que abre la resurrección.

Mientras la necedad de la sabiduría profana [1 Cor. 1,20] cubre de oprobios al crucificado, muerto y sepultado, estos incrédulos, no comprendiendo «el misterio de la gran misericordia»[1 Tim. 3,16], no creen que el Hijo de Dios que resucita de entre los muertos es también el Señor de la majestad.

(Tratados sobre los Salmos 58, 9)

Ha ascendido sobre el anochecer él, que se llama Señor; traspasando la barrera por la que traspasa todo, ha superado la ley de la muerte, resurgiendo eterno de entre los muertos. A él, por tanto, se debe preparar el camino. […] Ascendiendo sobre el anochecer de nuestra muerte, ha pedido la vida para nosotros, resurgiendo él mismo de entre los muertos. Esta ha sido la alegría de los apóstoles, cuando, encontrándolo después de la resurrección, lo contemplaron y lo tocaron.

(Tratados sobre los Salmos 67, 6)

Fue golpeado el Señor, que cargaba con nuestros pecados y sufría por nosotros [cf. Is. 53,4], para que en él, golpeado hasta la debilidad de la cruz y la muerte, nos fuera restituida la curación por la resurrección de entre los muertos.

(Tratados sobre los Salmos 68, 23)

Si hablamos del misterio de la misericordia de Dios, que incluye toda la encarnación, hay que poner en primer lugar a María, la Madre, la que ha hecho posible con su Sí la salvación. Así nos lo dibuja Efrén de Nísibe, con unos iconos que resultan impresionantemente novedosos, al menos para mí:

Voló y descendió aquel Pastor de todos:

buscó a Adán, la oveja descarriada,

y sobre sus propios hombros la cargó, y subió.

Él se hizo oferta para el Señor del rebaño.

¡Bendito su voltearlo todo!

Asperjó rocío y lluvia vivificante

sobre María, tierra sedienta;

como el grano de trino, cayó después en el Sheol

y subió como espiga y pan nuevo.

¡Bendito su ofrecimiento!

De lo alto, el Poder descendió por nosotros,

y del vientre de María la Esperanza refulgió para nosotros.

Del sepulcro, la Vida resurgió para nosotros,

y a la derecha se sentó, Rey para nosotros.

¡Bendita su magnificencia!

De lo alto fluyó como un río,

y de María como una raíz.

Del leño descendió como un fruto,

y subió al cielo como primicia.

¡Bendita su voluntad!

(Himno sobre la resurrección I, 2-3.5-6)

Y terminamos con Clemente de Alejandría, que mira al resucitado y, desde su misterio de misericordia infinita, a toda la humanidad, en diálogo profundo con la cultura de su época y su lugar. 

Cristo brilla más luminoso que el sol; por medio de Él los ojos de los ciegos vuelven a ver; la noche huirá de ti, el fuego se espantará, la muerte perecerá. Anciano, aunque no veas Tebas, contemplarás los cielos (se refiere al ciego Tiresias, personaje mitológico que debe abandonar Tebas). […] Apresurémonos, corramos, los seres humanos que somos imágenes del Logos, enamorados de Dios y semejantes a Él. Apresurémonos, corramos, tomemos su yugo, lancémonos a la incorruptibilidad, amemos a Cristo, el hermoso conductor de la humanidad. Puso bajo el yugo al asno joven con el viejo y, tras uncir la yunta de los hombres (referencia a la entrada en Jerusalén, signo de la ascensión al cielo, y al hombre nuevo y viejo de San Pablo), dirige el carro hacia la inmortalidad, apresurándose ante Dios por cumplir con claridad lo que había anunciado oscuramente, dirigiéndose primero a Jerusalén, pero ahora a los cielos; ¡bellísimo espectáculo es para el Padre el Hijo eterno victorioso!

(El Protréptico12, 119.3;121.1)

¡Feliz Pascua, feliz Misterio de la Misericordia Infinita de Dios!