Historias de los Padres

Una mirada dilatada a la cruz y al sepulcro

José Manuel Llamas

Partiendo de mi pobre ignorancia en el conocimiento de la Patrística, una de las cosas que más me impresiona de estos grandes maestros es su capacidad para crear lazos en el espacio y en el tiempo a partir de cualquier cita de la Biblia. Os dejo con algunos textos acerca del misterio de la cruz y el sepulcro que me han asombrado desmesuradamente en este sentido.

Empecemos con Ireneo, que, mirando a la cruz, afirma que El Verbo […], por la obediencia a que se sometió hasta la muerte, pendiente del madero, destruyó la desobediencia antigua cometida en el árbol. Y como el Verbo mismo Omnipotente de Dios, en su condición invisible, está entre nosotros extendido por todo este universo visible y abraza su largura y su anchura y su altura y su hondura […], la crucifixión visible del Hijo de Dios tuvo también lugar en esas dimensiones, anticipadas invisiblemente en la forma de cruz trazada por Él en el universo» (Demostración de la predicación apostólica, 34).

Ríase usted de la concepción moderna del tiempo universal, esa ridícula línea determinística que, gracias a Dios, la ciencia actual ha revelado como falsa. Sigamos con Hilario de Poitiers, que también es capaz de ver, a través de la cruz, más allá de cualquier horizonte. En estos días de insensatos nacionalismos baratos, con banderas ondeando por doquier, viene muy bien leer estas pizcas de sabiduría y aprender de ellas.

«En el leño de la vida están suspendidas la salvación y la vida de todos. A su izquierda y a su derecha son crucificados dos ladrones, que muestran que la totalidad del género humano es llamada al misterio de la pasión del Señor. […] La noche que viene después del día señala una división del tiempo: […] el misterio oculto de la acción divina es percibido por la admiración de toda la creación. […] El vino es el honor y la fuerza de la inmortalidad, pero se convierte en vinagre por un defecto causado o por la desidia o por el recipiente. Puesto que este vino se había vuelto agrio en Adán, Él lo recibió y lo bebió de los gentiles» (Comentario al Evangelio de Mateo, 33, 5.6).

Y terminemos mirando al sepulcro. En concreto, a José de Arimatea, de la mano de Efrén de Nisibi. ¿Cuántas veces habré leído el texto en el que se narra el entierro de Jesús? Nunca, ni en el tiempo de tres vidas, se me hubiera ocurrido esta comparación que abraza el tiempo con una profundidad y unidad pasmosas.

«Eva simboliza a María, y José al otro José. Efectivamente, el que reclamó el cadáver del Señor también se llamaba José. El primer José, «como era justo, no quiso exponerla a infamia». También es claro que el Señor se confió al primer José cuando nació, y concuerda con el otro José que le embalsamó después de muerto, para que fuera plenamente honrado el nombre de José que, como en su nacimiento dentro de una cueva, también había estado presente en el sepulcro» (Comentario al Diatessaron, 21, 20).

Nada más. Después de escribir esto, el que os habla no puede sino cerrar los ojos, henchir el pecho y unirse a esta forma de contemplar la pasión. Espero que nos ayude a vivir con más hondura la Semana Santa, que es de lo que se trata.

Nos vemos.

Con Dios.